'Eye in the Sky': parpadea una vez para simplificar el tema

Helen Mirren tiene el papel estelar en un drama de guerra de doble moral.

DIRECTOR: Gavin Hood
ELENCO: Barkhad Abdi, Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman
DURACIÓN: 102 minutos

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Hellen Mirren en una escena de la película 'Eye in the Sky'

Helen Mirren tiene el papel estelar en 'Eye in the Sky'. — Keith Bernstein/Bleecker Street

In English | Un drama tenso que se desarrolla en el centro de mando e intenta valientemente de reducir el tema de la guerra dirigida a distancia a un solo caso hipotético, Eye in the Sky consiste principalmente de estrellas de renombre mirando de soslayo a monitores de video y diciendo, en efecto: "¿Podemos disparar ahora? ¿Y ahora? ¿Está bien, qué tal ahora?"

Dado que las estrellas incluyen a Helen Mirren y al difunto Alan Rickman como oficiales militares británicos de alto rango, al exprotagonista de Breaking Bad, Aaron Paul, como el piloto estadounidense del dron y al actor nominado al premio Óscar Barkhad Abdi (Captain Phillips) como un agente infiltrado, la calidad de esos ojos entrecerrados es de primera categoría. Pero el filme presenta un argumento que al final no puede defender: matar a personas a unas 3,000 millas de distancia de algún modo representa una complejidad moral mayor que hacerlo cara a cara.

Al principio, la coronel Katherine Powell (Mirren) entra al centro de mando responsable de llevar a cabo una tarea monumental pero relativamente sencilla: su fuerza de drones, en una operación sobre Kenia, debe proporcionar cobertura visual mientras un equipo militar keniano ataca a un escondrijo donde varios terroristas están organizando el asesinato inminente de muchísimas personas. Se supone que nadie salga herido en el asalto, pero por supuesto en poco tiempo la situación empeora, y pronto Powell debe decidir si utilizará fuerza aérea mortal como plan B.

Le resultaría más fácil tomar la decisión si no fuera por la niña vendiendo pan desde una mesa justo en frente de la guarida de los villanos, observada por las cámaras del dron; dichosamente, la niña no tiene idea de que un misil Hellfire está apuntando a un sitio a 10 pies detrás de su cabeza. El dilema —¿deberían sacrificar una sola vida inocente para poder salvar la vida de muchísimos más?— desencadena desacuerdos irreconciliables en salones de conferencias por todo el mundo a medida que los aliados británicos, estadounidenses y kenianos se preocupan por las implicaciones políticas y propagandistas de sus actos.

Los debates angustiados a veces hacen que el guión —escrito por el aclamado escritor británico de televisión Guy Hibbert— suene como "una versión ligera de Aaron Sorkin". Pero sin importar cuántas veces Mirren incline su cabeza hacia un lado —con la esperanza, quizás, de que un ángulo distinto clarifique lo que está viendo en la pantalla— la realidad básica de la guerra sigue siendo la misma: está plagada de decisiones feas y resultados horrendos. (Solo pregúntale a Harry Truman).

Cuando el escritor y director Andrew Niccol abordó el tema de la guerra con drones en Good Kill (2014), premiamos al filme con cinco estrellas; nos galvanizó su representación desconcertante de un piloto de drones (Ethan Hawke) que lanza ataques a distancia con una indiferencia clínica desde su base en el desierto de Nevada y luego regresa a su casa en las afueras de Las Vegas solo para sufrir sus propios ataques diarios, generados por el trastorno de estrés postraumático.

Los pilotos de drones en Eye in the Sky trabajan en la misma base militar donde trabajaba Hawke. (De hecho, los platós se parecen tanto —y aparentemente son tan auténticos— que medio esperaba ver a Hawke salir caminando del salón de descanso). Aquí, sin embargo, los pilotos se atormentan cada vez que deben disparar; las lágrimas corren por sus rostros mientras esperan la orden de disparar o no disparar de sus jefes. A mi parecer, la actitud de Hawke, como si corriera agua helada en vez de sangre por sus venas, es más propia de los pilotos capacitados, por lo menos cuando están de guardia. Solo después, me imagino, se dan cuenta de las consecuencias de sus actos y comienza a afectarlos. Por otro lado, el sentimiento efusivo que vemos aquí desde la cabina de mando parece ser una estratagema emocional.

Asimismo, el director Gavin Hood (Ender's Game) le dedica mucho tiempo a esa niñita en el terreno. A medida que cuenta atrás los segundos, juega exactamente el mismo juego que Alfred Hitchcock jugó en Sabotage (1936), aumentando la tensión al poner a un niño en peligro de ser víctima de una bomba. Hasta el día de su muerte, Hitch lamentó la forma en que había dejado que la escena se desarrollara. ¿Acaso aprendieron Hood y Hibbert del error del Maestro? Lo siento, eso no lo puedo revelar.

Bill Newcott es escritor, redactor y crítico cinematográfico para AARP Media.

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