Los conflictos generacionales no son nada nuevo. Pero la película del director Chris Weitz no se regodea en el sentimentalismo ni en los clichés. En cambio, pinta un sobrio retrato de una familia dividida que hace de breve curso sobre el debate migratorio. Galindo ha estado en Estados Unidos por años, pero debido a que entró al país de manera clandestina, está atrapado en un mundo de sombra jurisdiccional. Es honesto, dedicado, aplicado –e ilegal–. Pero el hijo de Galindo nació acá, lo cual lo convierte en ciudadano estadounidense. Así que el chico, al carecer de lazos con la patria de su padre, no puede comprender la mentalidad de inmigrante de su padre de querer valerse por sí mismo.
La manera en que esto se resuelve en pantalla es lo que hace especial a la película. En una escena desgarradora, le explica a Luis el amor paternal que, durante los años previos a haber comprado el vehículo, lo condujo a levantarse cada mañana y pararse en las esquinas en espera de un trabajo poco remunerado como jornalero. Si lo enviaban de vuelta a “el otro lado”, ¿qué le pasaría a su hijo?
Para el final de A Better Life, esa pregunta se resuelve, pero no es una resolución que garantice un cierre. Y eso, después de todo, quizás sea el mayor éxito de la película. Al prestar un rostro humano a un diálogo contencioso, nos obliga a preguntarnos acerca de la compasión y la empatía por los desvalidos. ¿Acaso Carlos Galindo no es digno de nuestro respeto? ¿O es la clase de persona cuyo arduo trabajo fortalece a Estados Unidos? No es difícil descifrar contra qué lado del problema arremete esta evocadora y hermosa película.
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