Intercaladas con las imágenes de esta familia, hay escenas de ciencia ficción: el "big bang", placas tectónicas que se deslizan, mares que chocan, estrellas que explotan. Hacia el principio de la película, y durante no menos de 15 minutos, vemos la versión de Malick del comienzo del universo, acompañada de música orquestal del compositor francés Alexandre Desplat. No se dice una palabra, no se ve un ser humano (aunque sí presenciamos algún tipo de interacción entre dos dinosaurios). Amebas se transforman en medusas y de repente nos vemos a la entrada de una casa tejana en que la madre de los O'Brien clama a Dios al saber que ha perdido a su hijo.
The Tree of Life se estrenó a principios de mayo en el Festival de Cine de Cannes, y el público se escindió en dos bandos: la mitad la ovacionó, la mitad la abucheó. Aunque se llevó la Palma de Oro del festival, es improbable que el film barra con los premios a este lado del Atlántico.
Cuando estaba en la universidad estudiando creación literaria, escribí un artículo pretencioso sobre el suicidio, que rayaba en lo tedioso y condescendiente, y que por puro autoconsentimiento titulé "Soliloquio de un extraño". En ese momento pensé que era una obra maestra. Me tomó años darme cuenta del acertado comentario —sencillo e hiriente— de mi catedrático: "¿Quieres ser tan fuerte como una cuchilla? Cuenta una historia". Un cineasta puede ser un artista. Un cineasta puede inspirar, hacer que uno piense. Pero sobretodo, hacer cine se trata de narrar una historia, algo que Malick nos priva en The Tree of Life.
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