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Historias reales de Amor sin barreras

ELSA ACOSTA

Elsa Acosta, de 82 años, sostiene que existían dos West Side: el lado cálido, generoso y amistoso que existía en los edificios, en los negocios y en los lugares para comer étnicos, y el otro, el de las calles, que se caracterizaba por las drogas, la depravación, los vagabundos y la violencia.

 “Simplemente, no se podía estar afuera en la calle cuando oscurecía —cuenta Acosta, quien todavía vive en Manhattan, en el mismo lugar de siempre, en la Calle 72 y Broadway—. El vicio y el peligro controlaban las calles, y, si no eras parte de eso, no tenías nada que hacer allí afuera; te asegurabas de estar en tu casa, segura, lejos de ese mundo”.

Acosta llegó a Nueva York desde Colombia, en 1963, cinco años después de que Amor sin barreras hubiera hecho su debut en Broadway, y un año después de que llegara a los cines. Los perros calientes costaban 5 centavos y la renta de su apartamento de un ambiente era de 58 dólares al mes. Para ese entonces, muchos sectores de Nueva York rebosaban de puertorriqueños y otros hispanos. “Todos en el edificio eran latinos, de todas partes del Caribe y de Latinoamérica —cuenta Acosta en español, el idioma con el que, aún hoy, se siente más cómoda—. Nos contábamos historias de nuestros países de origen, probábamos platos de comida de otros lugares. Era una experiencia realmente enriquecedora y educativa”.

La segregación se instaló, como sucede a menudo con lo que los sociólogos denominan el “punto de inflexión”, cuando un grupo se convierte en el 15% de la población de un área, forma un enclave y comienza a buscar soporte social y cultural. “Por lo general, nunca hablaba con norteamericanos—cuenta Acosta, quien trabajaba en una fábrica de juguetes—. No podía hablar inglés y no me gustaba encontrarme en la embarazosa situación de no poder expresar mis pensamientos o sentimientos en palabras”.

Para ese entonces, las calles de Nueva York eran extremadamente peligrosas —ya no era el lugar donde pandillas de jóvenes aburridos rondaban alrededor de los barrios, esperando que otro grupo los mirara de una forma desagradable para iniciar una pelea. Había armas, drogas pesadas, prostitución. El fastidio de una juventud díscola había cedido el lugar a los crímenes, la clase de crímenes que llevan a la prisión, a veces por un largo tiempo e, incluso, a la muerte. Elsa recuerda que “cruzando la calle desde donde yo vivía, estaba el parque de la aguja [Needle Park], debido a todos los drogadictos que se reunían allí”.

Regresar a su hogar, después del trabajo, por la noche, significaba pasar por encima de vagabundos que estaban borrachos, cuenta. “Se tiraban a dormir cerca de los edificios, en las entradas, dondequiera que cayeran, y ahí perdían el conocimiento —añade—. La policía estaba por todas partes. Parecía como si viviéramos en un estado policial, pero eso lograba que el resto de nosotros nos sintiéramos a salvo. Teníamos a esos grandes y macizos policías de origen irlandés parados en las esquinas”.

A mediados de los setenta, los funcionarios de la ciudad se pusieron como objetivo “aburguesar” la Hell’s Kitchen y los barrios que la rodeaban, elevando los precios hasta expulsar a los más pobres. El control de los precios sobre los arriendos permitió a unos pocos, como Acosta, permanecer y ver como el West Side pasaba de ser un barrio bajo a un área de moda y de altos precios.

Los apartamentos de un ambiente en el edificio de Acosta ahora se rentan a, por lo menos, 2.000 dólares al mes, valor que no incluye los servicios. Una de las propiedades más requeridas es The 505, un lujoso condominio construido en el 505 de la Calle 47 Oeste, donde un apartamento, de un dormitorio, de 637 pies cuadrados está valuado en 730.000 dólares —lo que no incluye los costos mensuales de 625 dólares ni el impuesto anual de 6.000 dólares—.  El edificio, parecido a otras altas y lujosas construcciones que reemplazaron a las casas de los inmigrantes, ostenta cocinas con gabinetes artesanales italianos y mesones de mármol dorado de Calacatta y pisos de bambú carbonizado.

 “Es un lugar diferente —dice Acosta, refiriéndose a su barrio de Manhattan—. Ahora hay muy pocos latinos, no hay mucha gente con quien hablar. Pero el peligro se fue, y ¿quién podría quejarse de eso? Estoy orgullosa de poder entrar en el edificio a casi cualquier hora del día o de la noche. Y esos policías irlandeses ya no están más por aquí”.

Entonces, reflexionando, añade: “todavía guardo en la memoria la camaradería y los buenos tiempos, y eso también era parte del West Side”.

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