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Historias reales de Amor sin barreras

TONY y EDITH EMANUEL

Hasta el día de hoy, el dedo índice de la mano derecha de Tony Montero —quien ahora tiene 81 años— está levemente torcido. Es un recuerdo de la vez que peleó con un grupo de cinco adolescentes que andaban buscando problemas.

“Fue en el Central Park, adonde fui con dos amigos, y allí estaban esos muchachos que comenzaron a molestarnos —recuerda Emanuel, quien vive en Titusville, Florida—. Peleé con ellos. A uno le pegué en la cabeza y, hasta hoy, mi dedo está torcido”.

Cree que se lo fracturó, cuenta. Pero para los muchachos de la Hell’s Kitchen, sufrir una fractura no era nada si se lo comparaba con la otra alternativa: la ira de los padres si se enteraban de que habías estado en una pelea. “Ante todo, no quería que mi madre lo supiera”, dice, con su acento de Nueva York, tan claro como la silueta del edificio del Empire State recortándose en la línea de rascacielos de la ciudad.

Emanuel es hijo de inmigrantes griegos y, desde 1927 hasta 1950, vivió en un edificio de 12 apartamentos, donde todos los inquilinos eran griegos. El ruidoso sonido del tren “ele” formaba parte de los sonidos diarios del barrio, junto con las conversaciones que se sucedían a través de las aceras y de ventana a ventana, a medida que la gente gritaba saludándose o intercambiando chismes. Todo formaba parte de la cacofonía de la Hell’s Kitchen, que los residentes debían tolerar. “Algunas veces, algunos borrachos comenzaban a cantar bajo la ventana, a las 3 a. m. —recuerda Emanuel, refiriéndose al único sonido que le molestaba—. Les vaciábamos baldes llenos de agua y nos escondíamos rápidamente.  Eso los calmaba”.

Su papá era zapatero y su mamá tejía ropa de bebés a crochet. La mayor parte de los años adolescentes de Emanuel se dividieron entre ir a la escuela y trabajar para ayudar a sus padres a pagar las cuentas. “En la Hell’s Kitchen, todos éramos hijos de inmigrantes —dice—. No teníamos mucho y trabajábamos arduamente para conseguir lo que teníamos”.

Aun con sus seis pies de altura, en sus primeros años de adolescencia, Emanuel no era uno de los tipos rudos de la Hell’s Kitchen. No rondaba por las calles buscando problemas como hacían otros grupos de chicos en esos tiempos. Pero cuando los problemas lo encontraron a él, no se acobardó. “Eran chicos peleadores, los presumidos —cuenta—, pero yo no estaba asustado. Tenía la astucia de la calle; no iba a estar bromeando cuando las cosas se pusieran serias, cuando se pusieran difíciles”.

Amor sin barreras se centró en el odio entre la juventud puertorriqueña y los hijos de inmigrantes europeos; pero en realidad, durante mucho tiempo, la enemistad más encarnizada fue entre los grupos de jóvenes de diferentes orígenes europeos. Los puertorriqueños, quienes fueron, por mucho tiempo y hasta que resultaron más numerosos, un enigma para la Hell’s Kitchen, eran muchas veces adoptados por otras pandillas no latinas. “No sabíamos mucho acerca de los puertorriqueños, ni pensábamos acerca de ellos, hasta que se abrió un restaurante puertorriqueño”, relata Emanuel.

De modo que, cuando Emanuel comenzó a citarse con una joven puertorriqueña llamada Edith Garcia, a quien vio por primera vez en una boda a la que había asistido sin ser invitado, la reacción entre sus amigos y familiares no fue en nada parecida a la condena que sufrió Tony en Amor sin barreras. “Edith era de tez rubia, al igual que toda su familia —cuenta Emanuel acerca de su esposa, con quien está casado hace 58 años—. Se parecía a cualquier otra chica del barrio, excepto que muchas de las chicas griegas no eran tan lindas”.

Como la mayoría de las chicas, Garcia pasaba la mayor parte del tiempo en su hogar —por disposición de la casa—. “Mis padres querían que mis hermanas y yo estuviéramos en casa, no en la calle —señala Edith—. A mis padres les gustaba Tony; no fue un problema que tuviéramos orígenes distintos”.

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