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Pareja descanzando en un gazebo

— Getty Images/OJO Images

Todos los meses, Gabel y Notermann pagan $170 por servicios públicos, $250 a $275 por alimentos y $780 de alquiler, la mitad de lo que cuesta un apartamento de dos dormitorios en esa zona. El seguro de salud de la pareja, que tiene un deducible de $1.500, les cuesta $1.350 por trimestre.

“Las únicas prendas que nos hemos comprado en años han sido ropa interior y medias —nos cuenta Gabel, quien organiza fiestas de intercambio de ropa con sus amigos—. Traemos montones de cosas y nos quedamos con la mitad; el resto se va para la organización Goodwill”, prosigue. Para divertirse, ella y Notermann disfrutan de talleres de danza y de acampar con su automóvil en las montañas.

Esta pareja, que adoptó la simplicidad voluntaria hace ya tiempo, asistieron en los años 80 a un taller de Vicki Robin y comenzaron a economizar e invertir, lo que incluyó la compra de un pequeño edificio de apartamentos. “La independencia financiera fue el objetivo principal”, señala Notermann, quien, en 1997, renunció a su empleo como trabajador social y ahora colabora como voluntario en una organización sin fines de lucro relacionada con el baile.

Con los años, aprendieron que la convivencia en una vivienda compartida es más armoniosa cuando existe una visión común y un deseo de una verdadera comunidad, más que una mera conveniencia financiera. “Hay millones de decisiones en las que hay que trabajar cuando se vive con otras personas; uno cree que la cocina está limpia, el otro no piensa lo mismo —sostiene Gabel—. Debes tener ganas de hablar las cosas y acordar un sistema para manejar las diferencias”.

La recompensa, añade, está a la vista: “Para el cumpleaños de Phil, tuvimos ocho personas a la mesa sin haberlo planificado. Fue grandioso”.

Austeridad en Vermont

Sky Yardley, de 58 años, y Jane Dwinell, de 55, viven con su hijo y su hija en una casa de 1.400 pies cuadrados, libre de hipoteca, y eficiente en cuanto al uso de la energía, a una distancia del centro de Montpelier que permite llegar caminando. Una cocina a leña proporciona calor. Las comodidades modernas incluyen un refrigerador, congelador, lavarropa y conexión a internet de alta velocidad para las tres computadoras portátiles, pero la familia prescinde de televisores, lavaplatos, horno de microondas o secadora de ropa. “Prefiero colgar mi ropa en un perchero frente a la estufa y pasar un par de meses en Francia, todos los años —sostiene Dwinell—. Los golpes financieros no nos afectan para nada. Es una gran sensación”.

Pero ¿cómo lo lograron? Primero, estudiaron sus ingresos y sus gastos para conocer cómo y por qué gastaban dinero. Luego, diseñaron modos para economizar e invertir sus ahorros en bonos libres de impuestos de Vermont. “Siempre pagamos en efectivo y nunca acumulamos deuda —afirma Dwinell—. Todavía llevo el registro de cada centavo que se gasta en un pedazo de papel”.

El ingreso anual de la pareja es menor a $25.000, y proviene en su mayor parte de bonos municipales del estado, comprados a lo largo de los años. Los gastos de la casa (casi $150 por persona, por mes) y los costos de alimentos ($200 per cápita) se dividen por partes iguales con su hija, Dana, de 22 años, diseñadora gráfica, y su hijo, Sayer, de 18, carpintero. También dividen el costo de combustible y los arreglos de los automóviles, un Toyota Prius modelo 2002 y una Toyota RAV4 modelo 2003, que utilizan para viajes largos. La biblioteca pública, el cine y los negocios están a pocos minutos caminando.

“No comemos afuera, y toda nuestra comida es casera, incluidos el pan y la repostería —explica Dwinell—. Compramos todos los alimentos secos al por mayor, tenemos una huerta y la complementamos con lo que recibimos por nuestra participación en una Community Supported Agriculture (CSA, Agricultura sostenida por la comunidad), que nos proporciona una caja de productos por semana”. ¿Quiere más detalles? Visite el blog Yardley-Dwinell en www.vtcommons.org/blog/common-sense.

Hace unos años, los dos pudieron renunciar a sus empleos —Yardley era mediador familiar y Dwinell, consultora de pequeñas iglesias—. Además de apilar la leña y atender el jardín, cuidan a la madre de Dwinell, de 92 años, que vive cerca, y colaboran en la preparación de las casas para el invierno en forma voluntaria. Esto aún les deja tiempo para esquiar a mitad de semana, cuando los boletos para los medios de elevación son más baratos.

La familia elige manejarse sin un seguro médico y prefiere pagar en efectivo la atención médica, como lo hicieron cuando Dana se cayó de una escalera y necesitó una cirugía de codo. “El hospital nos ofrece un 20% de descuento por pagar en efectivo”, señala Dwinell, ex enfermera.

También intercambian trabajos de carpintería, tejidos y proyectos de diseño gráfico por cortes de pelo, cuidados para el perro y viajes al aeropuerto a través del Time Bank local, donde ganan créditos con los que compensan los servicios de otros. Para asistir a conciertos u obras, venden boletos o barren el piso.

“Básicamente, decidimos qué queremos hacer y, luego, buscamos el modo de hacerlo en forma gratuita”, dice Dwinell.

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