Siempre que veo papas rellenas, un rico plato popular en Cuba, me acuerdo del Caballero de París. Resulta que más que en casa me gustaba comer papas rellenas en el restaurante La Pelota ubicado en la esquina de 23 y 12, en la céntrica zona de El Vedado, en La Habana. Realmente las hacían muy buenas y era casi plato obligado en ese lugar.
Al Caballero de París le gustaban mucho y lo hacía con tal elegancia y dignidad que daba gusto verlo. Era un hombre sin techo, pero no un mendigo. Hay varias leyendas sobre su persona y una de ella reza que era un noble europeo que se volvió loco de amor. Era un hablador educado y fluido. Nunca pedía limosnas ni decía malas palabras y a veces hablaba en inglés o francés. Solo aceptaba dinero o cigarrillos de las personas que él conocía, a las que a su vez daba un obsequio, que podía ser una tarjeta coloreada por el o un cabo de pluma o lápiz entizado con hilos de diferentes colores, un sacapuntas, u objeto similar. Frecuentemente le daba cambio a aquellos que le daban dinero. Aunque los niños inicialmente le tenían miedo por su apariencia, pronto perdían el miedo y charlaban con él. Todos, tanto adultos como niños, le hablaban con mucho respeto y era admirado en toda La Habana donde ahora tiene su monumento.
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