“Éramos muy, muy ingeniosos”, dice Pepín, que batiría tandas de nuégado utilizando la manteca de maní que por entonces distribuía el gobierno a los exiliados cubanos. Esos primeros años reforzaron la importancia de la familia, las comidas compartidas y las tradiciones. Aprendió que la comida no sólo nutre el cuerpo; construye un puente entre generaciones y también, recuerdos. Actualmente, de la misma manera en que su abuela y su tía lo introdujeron en el calor de sus cocinas cuando murió su madre, Pepín hace galletitas con la generación más joven: los nietos preadolescentes de su prima, cuyo padre falleció hace tres años.
Sus hijos resultaron menos dispuestos a seguir sus inspiraciones culinarias. Bromea diciendo que su hija Anamaría, de 38 años, es más proclive a hacer reservas para la cena que la cena misma. Y José Antonio, de 32, no es mucho mejor. Fue a un mercado y le pidió a alguien que lo ayudara a elegir unos limones. La persona lo miró de manera curiosa: “¿No es usted el hijo de Chef Pepín?”
Sin embargo, Chef Pepín no era siempre el chef principal en su propia cocina. Mientras los niños Hernández iban creciendo, la mujer de Pepín, Telvy, de 59 años, preparaba diariamente la cena. Siempre muy organizada, trabajaba como vicepresidente en un banco y, al regresar a su hogar, cocinaba un menú ya planificado.
“Es una buena cocinera”, opina Pepín de la mujer que conoció el primer día de escuela secundaria y con quien se casó en 1967. Pero los menús pasaron a ser tan predecibles que, un día, su hijo dijo: “¿Por qué no le pides una nueva receta a Chef Pepín?”
Finalmente, Telvy cedió su cocina al ascendente chef estrella, quien la transformó completamente con su estilo ingenioso. Tanto la madre como el hijo dicen que la cocina de Pepín es el símbolo de algo más grande: un espíritu edificante y generoso. “Dentro de ese enorme cuerpo hay un niño pequeño —dice su hijo—. Él es comiquísimo, cariñoso e intrépido, y usa zapatos anaranjados”.
Fue ese espíritu de “zapatos anaranjados” lo que le dio al mundo al Chef Pepín. Aunque fue un foodie —amante de la preparación y degustación de buena comida— toda su vida, se convirtió en Chef Pepín en 1987, cuando recibió un llamado de Anamaría, que estaba trabajando como productora de TV en un nuevo programa de Univision llamado TV Mujer. Necesitaban desesperadamente un anfitrión para el segmento de cocina. Ella le pidió que probara.
Pepín, que en ese momento vendía seguros, apareció con un imponente estilo. “Llevaba puesto un delantal y un gorro que decía: ‘Kiss the Cook’ (‘Bese al cocinero’), con mocasines de Gucci”, recuerda Pepín. Bromeó mientras construía un éxito y, al final , dijo a voz en cuello lo que se convertiría en su frase característica: “¡Con el Chef Pepín, hasta el fin!” Y el resto ya es historia.
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